miércoles, 19 de agosto de 2026

Francés...

 https://www.youtube.com/watch?v=bKHKnRnL2m8

Andrés OPPENHEIMER / Sálvese quien pueda

Por la automatización, el 47% de nuestros empleos va a desaparecer en los próximos diez años; es una cifra impresionante en todo el mundo.

En América Latina todavía no somos conscientes del tsunami laboral que viene.
¿Qué va a pasar con los abogados, con los contadores, con los médicos, con los periodistas, con los vendedores, con los banqueros, con los maestros, con los obreros?

¿Qué va a pasar con cada una de nuestras profesiones a medida que los robots y los algoritmos cumplen cada vez más con funciones que hasta ahora hacemos nosotros?

Andrés OPPENHEIMER / Sálvese quien pueda
https://www.youtube.com/watch?v=CTLuaj_EO48



NEXOS / La lengua de los mexicanos

La lengua de los mexicanos

https://aguilarcamin.nexos.com.mx/la-lengua-de-los-mexicanos/

La lengua nacional de México es el “español mexicano”, o el “castellano mexicanizado”, rama de un robusto tronco lingüístico que se expande, con vitales y genuinas diversidades léxicas, sobre un universo planetario de 520 millones de hispanohablantes.

De esos hispanohablantes, en México hay 130 millones, es decir, todos los habitantes del país llamado México, salvo 855 mil personas que, según el censo de 2020, son monolingües indígenas.
En México hay 68 lenguas indígenas vivas, me dice Meta AI; 31 pueden morir este siglo porque no se transmiten a los niños, porque las hablan pequeños grupos y porque no se conservan de ellas ni gramáticas ni corpus literarios que garanticen su supervivencia.

Como todos sabemos, una lengua no es solo un idioma, sino también la visión del mundo incluida en ella: su talante, su cultura, su historia, su arte, su piso profundo de ayer y su ebullición popular de hoy.
Ninguna de las lenguas indígenas vivas en México se acerca en su gravitación al español. Ninguna cubre una parte significativa del habla diaria de México, aunque sean consideradas en la Constitución idiomas oficiales, junto con el español. Es una concesión constitucional a los derechos de nuestras minorías lingüísticas.

La mayor lengua indígena viva de México, el náhuatl es hablada por 1 millón 650 mil mexicanos; la segunda, el maya, por 774 mil.
Podría aducirse, provocativamente, que la segunda lengua viva hablada en México, después del castellano, es el inglés, idioma que hablan o medio hablan, según rangos distintos de cálculo, entre 7 y 15 millones de mexicanos, más el millón y medio de estadunidenses que viven en México.

A los gobiernos de México les da por sentirse portadores de una herencia milenaria prehispánica. Pero son ellos quienes han forjado, en los hechos, un país donde lo que menos conviene es ser parte viva de esa herencia.

Ser indígena en México es casi una condena a formar parte de la población más pobre y menos educada del país, la población de la que los gobiernos se conduelen en sus discursos pro indígenas, solidarios y justicieros; dichos, invariablemente, en español.

Milenio / 21 de abril de 2026

Héctor Aguilar Camín
Escritor, historiador, director de la revista Nexos.
Su último libro: La dictadura germinal.
Crónica de la destrucción de la democracia mexicana
Editorial DEBATE, Penguin Random House, 2025




 

 

 

 

lunes, 17 de agosto de 2026

Una bebida

Olvidó si puso azúcar en la taza, esta mañana.
Había dicho, que sería diferente hoy jueves, como siempre que iniciaba el día olvidando algo.

Se puso de pie a la carrera.
De manera práctica (y un poco irritada, admitió) pasó varios minutos, algunos de ellos angustiosos, buscando la pequeña caja blanca y roja con el escudo de la droguería. Necesitaba sus 25 mg de calmolina plus.

—"...inches lentes...", pensó. "¿Dónde los dejé"?—.

Intentaba recordar, cuando el zumbido de teléfono lo hizo reaccionar.
Mientras resolvía qué hacer, contestó la llamada, y escuchó la justificación en voz filial, información profesional y autoridad lógica: que su interlocutor consideró “más seguro” tomar los medicamentos, indicados por un especialista cuyo nombre no recuerdo (y tampoco importa en este momento), y conservarlos “fuera de tu alcance”, —concluyó o supuso que concluyó— su interlocutor, quien dejó entonces una idea muy distante en su mente.

Era algo impensable para él, pero bueno, era otra idea qué analizar, simplemente por curiosidad.

No es que se tratara de una situación crucial, sólo pretendía ordenar una pequeña parte de su "hoy", localizando y poniendo a buen resguardo las pastillas blancas, ligeras, redondas y con una apenas visible incisión diametral que, dosificadas según la ciencia médica más reciente, le permitirían tener un sueño plácido, pedir luz a sus difuntos, replantear sus antiguos proyectos, y atender los compromisos de vida que llegarían al amanecer.

            Sí, efectivamente, pensó. El amanecer de otro día.
            “¿Será el último esta vez?”, se preguntó.  
A la velocidad de la luz, apartó esa idea de su mente.

Curioso, hizo el cálculo y encontró que el de mañana sería uno más entre los catorce mil novecientos sesenta y nueve días en los que había naufragado, flotado, nadado, trabajado, leído un poco, planeado, esperado, amado y luchado “mucho” por encontrar un lugar “seguro” para no ser engullido —palabra poco frecuente en su vocabulario habitual— por la vida de la que aún disponía, para hacer realidad algunos sueños pendientes.

Mirándose al espejo, sonrió burlonamente al día en curso, pensando que esos minutos de aseo personal eran para su eternidad porque, sinceramente pensó, “a nadie, con sus problemas —importantes, sin duda—, le interesa si un día me salvé del descanso infinito por una corazonada.”

Pensó que al día siguiente, tendría que pedir perdón nuevamente —paciencia ya no—, y de rodillas una vez más y con respeto como siempre, ante la reverenciada imagen de ojos de vidrio, varilla y yeso coloreado en una iglesia solitaria, poco después del amanecer.

Se sintió irritado nuevamente.
Se alejó.
Tenía trabajo que atender.