Y (el dueño) dijo: “… Señora usted debe tres meses de renta.”
Ella calló el teléfono y me preguntó “¿Cuánto tiempo te falta para terminar el libro?” y yo le dije “como seis meses” y entonces ella le dijo “Mire señor, no solo le debemos tres meses sino que le vamos a ver seis más”.
Y entonces el tipo preguntó “¿Dentro de siete meses me pagan todo?” y (ella) dijo “Sí, todo.” Y él le dijo “si usted me da su palabra yo no tengo ningún inconveniente”. Mercedes dijo “es mi palabra de honor”.
Y tú sabes que a los siete meses fuimos, le pagamos todo —no por 100 Años de Soledad— porque yo… un traía tal perrenque (energía) en la mano que me puse a trabajar después en publicidad y pudimos pagar todo eso; y el día que lo terminé nos fuimos al correo Mercedes y yo; eran 700 páginas.
Entonces lo pesaron y dijeron que costaba 83 pesos de México a Argentina y ella me dijo no tenemos sino 45. Muy fácil, partí el libro por la mitad y dije “péseme este libro hasta 45 pesos.” Pesaron hasta 45 pesos y yo quitaba como quien corta carne.
Cuando llegó a 45 pesos agarré las hojas, las envolví y las mandé y nos quedamos con el resto.
Entonces nos fuimos a la casa y Mercedes sacó lo último que faltaba por empeñar que era el calentador que yo usaba para escribir —porque yo puedo escribir en cualquier circunstancia menos con frío—, el secador que usaba para la cabeza y la batidora que había usado toda la vida para hacerle los jugos de fruta a los niños y, como que ya los niños estaban creciendo y ya no lo necesitaban, se fue con eso al Monte de Piedad y le dieron unos 50 pesos.
Gabriel García Márquez / Mercedes Barcha
