martes, 18 de agosto de 2026

lunes, 17 de agosto de 2026

Una bebida

Olvidó si puso azúcar en la taza, esta mañana.
Había dicho, que sería diferente hoy jueves, como siempre que iniciaba el día olvidando algo.

Se puso de pie a la carrera.
De manera práctica (y un poco irritada, admitió) pasó varios minutos, algunos de ellos angustiosos, buscando la pequeña caja blanca y roja con el escudo de la droguería. Necesitaba sus 25 mg de calmolina plus.

—"...inches lentes...", pensó. "¿Dónde los dejé"?—.

Intentaba recordar, cuando el zumbido de teléfono lo hizo reaccionar. Mientras resolvía qué hacer, contestó la llamada, y escuchó la justificación en voz filial, información profesional y autoridad lógica: que su interlocutor consideró “más seguro” tomar los medicamentos, indicados por un especialista cuyo nombre no recuerdo (y tampoco importa en este momento), y conservarlos “fuera de tu alcance”, —concluyó o supuso que concluyó— su interlocutor, quien dejó entonces una idea muy distante en su mente.

Era algo impensable para él, pero bueno, era otra idea qué analizar, simplemente por curiosidad.

No es que se tratara de una situación crucial, sólo pretendía ordenar una pequeña parte de su "hoy", localizando y poniendo a buen resguardo las pastillas blancas, ligeras, redondas y con una apenas visible incisión diametral que, dosificadas según la ciencia médica más reciente, le permitirían tener un sueño plácido, pedir luz a sus difuntos, replantear sus antiguos proyectos, y atender los compromisos de vida que llegarían al amanecer.

            Sí, efectivamente, pensó. El amanecer de otro día.
            “¿Será el último esta vez?”, se preguntó.
 

A la velocidad de la luz, apartó esa idea de su mente.
Curioso, hizo el cálculo y encontró que el de mañana sería uno más entre los catorce mil novecientos sesenta y nueve días en los que había naufragado, flotado, nadado, trabajado, leído un poco, planeado, esperado, amado y luchado “mucho” por encontrar un lugar “seguro” para no ser engullido —palabra poco frecuente en su vocabulario habitual— por la vida de la que aún disponía, para hacer realidad algunos sueños pendientes.

Mirándose al espejo, sonrió burlonamente al día en curso, pensando que esos minutos de aseo personal eran para su eternidad porque, sinceramente pensó, “a nadie, con sus problemas —importantes, sin duda—, le interesa si un día me salvé del descanso infinito por una corazonada.”

Pensó que al día siguiente, tendría que pedir perdón nuevamente —paciencia ya no—, y de rodillas una vez más y con respeto como siempre, ante la reverenciada imagen de ojos de vidrio, varilla y yeso coloreado en una iglesia solitaria, poco después del amanecer.

Se sintió irritado nuevamente.
Se alejó.
Tenía trabajo que atender.


Pensamiento crítico: 4 consejos

DESARROLLAR EL PENSAMIENTO CRÍTICO 

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