jueves, 25 de junio de 2026

Sin Embargo — EDUCACIÓN

EDUCACIÓN

Antes de los españoles (y antes de los "celulares"), la educación empezaba en el calmecac (la escuela de los aztecas) y en el hogar, con el ejemplo de los padres, para continuar en las instituciones públicas, con el propósito de dar a los jóvenes aztecas “un rostro y un corazón”, es decir, una personalidad que equivalía a ser sabio para la vida y un maestro de la verdad (lo que más sorprendió a los indígenas de este continente fue la facilidad con que mentían los españoles), sensatos, cuidadosos, prudentes, para obrar con juicio.

El calmecac creó un tipo de persona que convirtió a Tenochtitlán en una gran potencia, admirada por unos, pero también dio lugar, en otros pueblos, a resentimientos que más tarde aprovechó el conquistador español para destruirla.

Lo enseñado en el Tepochcalli, en cambio, mantuvo la unidad de los aztecas en los momentos de mayor peligro en la lucha por su sobrevivencia frente al conquistador español, pues inculcó el amor a su patria y a defender lo suyo hasta el sacrificio.

Sin Embargo Revista 

 https://www.sinembargo.mx/4114626/educar-2/ 

lunes, 15 de junio de 2026

TRASLADOS 000

Por enésima ocasión me encontré en una cama alquilada.

A pesar de lo avanzado de la lluviosa tarde, tras varias horas ante burócratas de tres países y con la expectativa de lo desconocido que me esperaba por la tarde del día siguiente, la situación no me pareció tan trágica. Mucho tiempo después de nuestra llegada y, antes de autorizar nuestra salida de las instalaciones del aeropuerto de Sheremetyevo, en Oblast, aproximadamenta a 30 km de la Plaza Roja de Moscú, los agentes de policía nos desearon "buena suerte" con una sonrisa misteriosa que nunca pude descifrar.

El penoso papeleo previo, por la parsimonia de los funcionarios, tomó muchos lentos minutos, aunque intentamos explicar con evidencias claras, pero ante oídos sordos, que nuestras intenciones eran simplemente tomar una ducha en la habitación y comer algo en el único bar disponible à esas horas, antes de prepararnos para la jornada de la madrugada siguiente. Habíamos superado parcialmente los obligados trámites para explicar nuestra presencia en ese hotel aeroportuario sí, pero de paso también.

Lo complicado no había sido llegar hasta allá –a sólo 10,707 km—; al fin y al cabo tres horas más de espera, después de once de océano y dos más buscando algún alimento en las cerradas cafeterías aeroportuarias de la lejana Shannon, en Irlanda del Sur, no habían sido más que tediosas en lugar de complicadas.

El verdadero problema se presentó durante la entrevista siguiente para abordar el tercer vuelo en la jornada de dos días.
Lo heterogéneo del grupo pareció sospechoso a los señores agentes de Inmigración, que nos encontraron además de cansados, poco hidratados, desfasados y temporalmente avejentados por nueve husos horarios y, sobre todo, fastidiados por la lentitud de sus procedimientos.

Un problema adicional fue la carencia de alguna documentación innecesariamente comprobatoria y la falta de personal que comprendiera ya no digamos nuestro español del centro de México, sino el inglés champurrado con el que todos ellos intentaban darse a entender, a favor y en contra.

En el grupo había de todo, desde futuros arquitectos y hermanos por reunirse, hasta estudiantes de italiano, un par de rumanos que regresaba emocionados a su país y hasta un futuro profesor de español con destino final en la todavía lejana —tres mil ochocientos cuarenta y seis kilómetros— y antigua Galia.