lunes, 17 de agosto de 2026

Una bebida

Olvidó si puso azúcar en la taza, esta mañana. Había dicho, que sería diferente hoy jueves, como cuando siempre que iniciaba el día olvidando algo. Lo notó. Se puso de pie a la carrera.

De manera práctica (y un poco irritada, admitió) pasó varios minutos, algunos de ellos angustiosos, buscando la pequeña caja blanca y roja con el escudo de la droguería. Necesitaba 25 mg de su medicamento favorito, la calmolina.

—"Pinches lentes...", pensó. "¿Dónde los dejé"?—.

Intentaba recordar, cuando el zumbido de teléfono lo hizo reaccionar. Mientras resolvía qué hacer, contestó la llamada, y escuchó la justificación en voz filial, información profesional y autoridad lógica, que su interlocutor consideró “más seguro” tomar los medicamentos, indicados por un especialista cuyo nombre no recuerdo (y tampoco importa en este momento), y conservarlos “fuera de tu alcance”, —concluyó o supuso que concluyó— su interlocutor, quien dejó entonces una idea muy distante en su mente.

Era algo impensable para él, pero bueno, era otra idea qué analizar, simplemente por curiosidad.

No es que se tratara de una situación crucial, sólo pretendía ordenar una pequeña parte de su "hoy", localizando y poniendo a buen resguardo las pastillas blancas, ligeras, redondas y con una milimétrica incisión diametral que, dosificadas según la ciencia médica más reciente, le permitirían tener un sueño plácido, pedir luz a sus difuntos, replantear sus antiguos proyectos, y atender los compromisos de vida que llegarían al amanecer.

Sí, efectivamente, pensó. El amanecer de otro día.
“¿Será el último esta vez?”, se preguntó.
A la velocidad de la luz, apartó esa idea de su mente.

Curioso, hizo el cálculo y encontró que mañana sería uno más entre los catorce mil novecientos sesenta y ocho días en los que había naufragado, flotado, nadado, leído un poco y esperado y luchado mucho por encontrar un lugar de “apoyo seguro” para no ser engullido —palabra poco frecuente en su vocabulario habitual— por la vida de la que aún disponía, para trabajar y hacer realidad algunos sueños pendientes.

Mirándose al espejo, sonrió burlonamente al día en curso, pensando que esos minutos eran para su eternidad porque, sinceramente pensó, “a nadie, con sus problemas —importantes, sin duda—, le importa si me salvé por una de esas famosas corazonadas.”

Pensó que al día siguiente, tendría que pedir perdón nuevamente, y de rodillas una vez más, con respeto como siempre, ante la reverenciada imagen de ojos de vidrio, varilla y yeso coloreado en una iglesia solitaria, poco después del amanecer.

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En realidad, al día siguiente se vio obligado a tolerar, a pocos metros de distancia, la presencia ya extraña de lo que su Elefante Mayor a veces llamaba "némesis".

Se sintió irritado nuevamente. Se alejó. Tenía trabajo que atender.

 

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