Un día cualquiera en un pequeño pueblo polaco, en 1934. Evocado a partir de una serie de momentos, como viñetas, fotografías. El comerciante en la puerta de su tienda, los policías que pasean distraídos, una cabra, un grupo de hasídicos camino del cementerio, el abogado en su despacho. Colores, luces, olores: todo en una quietud, en una serenidad que precisamente por eso resulta ominosa.
Uno sabe que ése es un mundo ido, que no queda absolutamente nada de
todo aquello.
La evocación resulta infinitamente conmovedora, con ese
ritmo lentísimo de quien no quiere que nada se pierda.
En ese día como
cualquiera, en esas situaciones rutinarias, insignificantes, todo es
importante: el vuelo de las palomas, el ruido que hace un caballo, el
olor a madera podrida en la taberna, el color del agua en el pequeño
estanque.
Es una evocación delicada, precisa en el detalle: perfecta. Un
libro que es como una amorosa oración. Lo menos que podemos hacer, lo
más, es recordar ese mundo, tal como fue —exactamente tal como fue.
Antes del desastre.
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