En la esquina, el vacío de un siempre sonriente amigo.
—¿Por qué te fuiste, necesitamos hablar—.
El dentista —ya no está—; pero el lugar y el recuerdo, sí.
* * * * * * *
Al otro lado, el consuelo de la pequeña, y resistente al olvido, iglesia.
El mercado, antes de la abuela y luego de la madre, desolado.
¿Dónde estás? Te llevaré flores. Perdona.
¿Dónde están? Les llevaré flores, lo prometo.
¿Dónde estás? Lamento mi enojo; es que no los vi partir.
¿Lamentas tu ira, Señor?
¿Lamentas mi ira, Señor?
¿Y mi enojo, sirve?
¿Me has alejado para siempre, Señor?
* * * * * * *
Al centro de la calle —asustado y con dolor— veo el poste, el césped mal cortado, el cable y, apenas a tres zancadas de mi carrera, frío como parte del Infinito, siento un ardor seco en el cuello. Maldigo encolerizado. Es un cable suelto.
"Todo me pasa", dijo el pequeño.
Decidí mal. Me equivoqué. Estaba enojado.
No hay refugio; el dolor me sigue desde abril —ya por 15,112 días—.
Contengo mi sangre que brota; viene del cuello, pero más, del corazón.
—Es que la vida te acaricia, te fortalece y azota de nuevo—.
—Demet CURSARU / 2026.08.25 TU
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