martes, 25 de agosto de 2026

Demet CURSARU — Calle Ocho y Calle Quince

En la esquina, el vacío de un siempre sonriente amigo.
                                —¿Por qué te fuiste, necesitamos hablar—.

                El dentista ya no está; pero el lugar y el recuerdo, sí.

* * * * * * * 

Al otro lado, el consuelo de la pequeña y resistente al olvido iglesia.
      El
 mercado, antes de la abuela y luego de la madre, desolado.

¿Dónde estás? Te llevaré flores. Perdona.
       ¿Dónde están? Les llevaré flores, lo prometo.


              ¿Dónde estás? Lamento mi enojo; es que no los vi partir.
                  ¿Lamentas mi ira, Señor?
                       ¿Lamentas tu ira, Señor?
                           ¿Y mi enojo, sirve?
                               ¿ME HAS ALEJADO DE TI PARA SIEMPRE, SEÑOR?


* * * * * * * 

Al centro de la calle —asustado y con dolor— veo el poste, el césped mal cortado, el cable y, apenas a tres zancadas de mi carrera, frío como parte del Infinito, siento un ardor seco en el cuello. Maldigo encolerizado. Es un cable suelto, casi a media calle.

"Todo me pasa", dijo. Decidí mal. Estaba enojado. 
Me equivoqué.

No hay refugio; el dolor me sigue desde abril —ya por 15,118 días—.
Contengo mi sangre que brota; viene del cuello, pero más, del corazón.

—Es que la vida te acaricia, te fortalece y, después, azota de nuevo—.

No descanses. Ora.
 

—Demet CURSARU / 2026.08.25 TU 

 

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